
El amor como camino hacia sí mismo
La mañana de su partida puso en orden su planeta realizando una serie de trabajos familiares que entonces le parecieron extremadamente dulces. A la hora de la despedida, él siente ganas de llorar. A la flor le cuesta romper su silencio para decir: —He sido tonta. Te pido perdón. Intenta ser feliz. La flor confiesa que ella lo amaba. Él no lo ha sabido por culpa de ella. No obstante, añade: —Pero tú has sido tan tonto como yo. El Principito intenta ponerle el globo protector, como hacía habitualmente, pero ella lo rechaza y lo anima a que se vaya pronto. Era muy orgullosa: no quería que la viese llorar.
Visitó los asteroides cercanos para instruirse y buscar una ocupación. En primer lugar se encontró con un rey. El soberano lo identificó inmediatamente como un súbdito. Y es que para los reyes el mundo es muy simple: todos son súbditos. Se trataba de un monarca absoluto, pero razonable. No toleraba la desobediencia, pero por eso sólo daba órdenes razonables. Era un monarca universal: reinaba sobre todo y todo le obedecía. Su autoridad consistía en que sabía exigir a cada uno lo que podía dar. La autoridad, decía, reposa sobre la razón. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables. El Principito se aburre y ve que ahí no puede hacer nada, por eso continúa su viaje con la idea de que las personas mayores son muy extrañas.
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