miércoles, 18 de febrero de 2009

BIENVENIDOS

El Principito



El amor como camino hacia sí mismo
La mañana de su partida puso en orden su planeta realizando una serie de trabajos familiares que entonces le parecieron extremadamente dulces. A la hora de la despedida, él siente ganas de llorar. A la flor le cuesta romper su silencio para decir: —He sido tonta. Te pido perdón. Intenta ser feliz. La flor confiesa que ella lo amaba. Él no lo ha sabido por culpa de ella. No obstante, añade: —Pero tú has sido tan tonto como yo. El Principito intenta ponerle el globo protector, como hacía habitualmente, pero ella lo rechaza y lo anima a que se vaya pronto. Era muy orgullosa: no quería que la viese llorar.

Visitó los asteroides cercanos para instruirse y buscar una ocupación. En primer lugar se encontró con un rey. El soberano lo identificó inmediatamente como un súbdito. Y es que para los reyes el mundo es muy simple: todos son súbditos. Se trataba de un monarca absoluto, pero razonable. No toleraba la desobediencia, pero por eso sólo daba órdenes razonables. Era un monarca universal: reinaba sobre todo y todo le obedecía. Su autoridad consistía en que sabía exigir a cada uno lo que podía dar. La autoridad, decía, reposa sobre la razón. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables. El Principito se aburre y ve que ahí no puede hacer nada, por eso continúa su viaje con la idea de que las personas mayores son muy extrañas.